martes, 31 de julio de 2007

Ahora sí que estoy perpleja

Acabo de entrar en SecondLife por primera vez. Me encuentro, de repente, en un sitio en el que todos debemos ser igual de pardillos. Se llama "New Comer Building Area" y me da la impresión de que aquí es donde debo crear mi apariencia.

El resto de personas (¿avatares?) tienen la misma pinta gris que yo (literalmente) y todos llevamos sobre la cabeza un cartelito con el nombre.

La cosa tiene una pinta así como sobrenatural o psicodélica que flipas.

Bueno, chavales, ya vuelvo por aquí a contaros más cosas. Ahora me tengo que ir a la pisci con mi peque. No en SecondLife sino en la vida de verdad.

lunes, 30 de julio de 2007

Naranja y negro


He de confesarte, amable lector, que el chiringuito que han puesto los de Veuve Cliquot en el sitio este donde de vez en cuando hago la compra me tiene a-b-s-o-l-u-t-a-m-e-n-t-e fascinada. En realidad no sé si es por la combinación de colores, por la cantidad de chorraditas inservibles que exponen -al fin y al cabo lo importante es el propio champagne- o el hecho de que el stand esté siempre vacío. A ver, sí, es cierto, no siempre es así, no faltemos a la verdad porque alguna que otra vez aparece, como salido de la nada, un tipo de negro que recoloca las cosas en la estantería con pulcritud milimétrica; o incluso, mira tú ahora que lo pienso, le acompaña una señorita, también de luto riguroso, que se dedica a estar sentada en la especie de barra fingida que adorna el puesto.
La cuestión -y de eso es de lo que quería hablar en realidad- es que cada vez que paso por ahí me quedo hipnotizada y me retrotraigo a aquella nochevieja mágica en la que comimos langosta en la playa: Rafa puso el marisco, nosotros las risas y, cuando la olla gigante empezaba a hervir, apareció Jaime con la botella de la viuda cliquot. El flechazo fue inmediato -con ella, digo.
Creo que fue entonces cuando empezaron a gustarme las cosas buenas, los tipos simpáticos y la combinación atrevida de colores. Si no fue entonces, qué más da, queda bien como final.
Por cierto, lector intrépido, que si te preguntas que cuánto hace de esto, la respuesta es: "el mismo tiempo que hace que me enamoré en un viaje a Bruselas".

viernes, 27 de julio de 2007

Agenda electrónica

Soy una mujer con agenda electrónica (eso que algunos modernetes llaman PDA).

Ejemplos:

1. Ejemplo A:
- Tenemos que reunirnos para concretar este asunto.
- Un segundo que saque mi agenda.

2. Ejemplo B:
- ¿Sabes dónde hemos quedado con Sergio?
- Espera que lo miro en la agenda.

3. Ejemplo C:
- ¿Cuándo tiene pediatra la niña?
- A ver que te lo digo en la agenda.

4. Ejemplo D:
- ¿Quedamos el lunes para comer?
- A ver si lo tengo libre en la agenda.

Y así hasta el infinito, siendo el infinito el teléfono de atención al cliente de Mercadona, la dirección del pintor, el calendario de vacunación infantil, la lista de los regalos que les quiero pedir a mis amigos y la de la compra (no wonder!), las fechas de entrega de todos los deberes que me ponen en el trabajo, las reuniones, las comidas y, a veces, hasta los cafés.

En eso estoy -en la agenda- cuando llego al despacho y mi compañero de mesa me dice: "oye, que te ha llamado un tal Antonio. Que le llames. Toma, aquí tienes su móvil". Y me pasa -¡no te lo vas a creer!- un papelillo usado por una cara, recortado minuciosamente con las manos, y extraído de una pseudo-libreta de fabricación casera, que paso a describir a continuación:

La libreta de Bienve

Se trata de un conjunto de papeles reciclados de usos anteriores -quizá más ¿importantes? pero, desde luego, no más divertidos- que, como digo, han sido manualmente recortados con cuidado -de ahí su irregular tamaño- y unidos amorosamente por la manos de Bienve y sujetos con una pinza negra de metal -de esas que hace siglos que yo no veía- de manera que forman una suerte de ¿libretilla?

[Vamos, que se parece como una gota de agua a lo que usa mi carnicero para apuntar el pedido y luego darme la cuenta].

Mi compañero usa este invento para dejar notas y recados y, no contento con el reciclaje ya mencionado, cuando la anotación no excede el par de líneas ¡zaca! recorta por abajo el papel y entrega al destinatatio un subsiguiente reciclado de lo ya reciclado, esto es, un papelitillo.

"Pero Bienve de mi vida, ¿qué me das?" -le pregunto cuando me alcanza el recado con el móvil del tal Antonio.

Nos miramos reflexivamente sorprendidos (yo de él y él de mí) y soltamos la carcajada del siglo.

¡Conseguido! Nos vemos en SecondLife

"[...] En cuanto al parte enviado sobre la instalación de second live.
Descárgate el software y cuando lo tengas nos avisas para quedar e instalarlo[...]".

jueves, 26 de julio de 2007

Galatea Capalini


Mi nombre en Second Life.

Anoche Andrés me estuvo contando las cosas que están haciendo en una isla que han comprado, así que no tuve más remedio que pedirle que me ayudara a crear un ¿avatar? (¿quién se inventa estos nombres?).

Lo del nombre, pues lo elegimos entre Ana, él y yo.

No creo que haga nada más que darme un paseo pero es que me muero de curiosidad por ver las chorradicas que se inventa la gente.

En cuanto a la isla de Andrés y su gente, igual me da ideas que luego puedo "vender" a mi jefe.

;-)
Aviso a navegantes: la de la imagen de arriba no es Galatea Capalini. De momento, sólo me he creado la cuenta. Estoy a la espera de tener autorización del administrador de mi ordenador para instalar el programa... ¿Tú crees que me la darán?

miércoles, 25 de julio de 2007

De nuevo mis piernas


Alguna vez conté en otro blog que hice desaparecer -"a lo hecho, pecho"- un par de historias sobre mis piernas.

Letimotiv.
Había una de Luis diciéndome que tengo las piernas más largas de la universidad y otra que contenía una reflexión propia sobre todas las cosas que pudieran haber provocado ellas, de haberlo sabido a tiempo su dueña.

Así que, andando con mis piernas de camino a recoger a mi hija, ¡plinc, encuentro mágico!, me tropiezo con David, que sólo hace treinta días acaba de dejar de ser alumno mío -ay, que ahora me acuerdo de que también tenía un post sobre este chico en el blog que clausuré...- y, ni corto ni perezoso, me coge de la cintura (uhm) con soltura, me sonríe y me dice: "las piernas más largas de la universidad. Cuatro años embobado mirándolas".

Bueno, y ahora qué quieres que te diga sobre mi autoestima de mujer madura.

Llevo toda la tarde con la sonrisa pegada a la boca.

Cosas recuperadas (que no deben perderse)

Mi amiga tampoco se llama Ana, pero tiene un nombre más rotundo, como ella misma, casi como de cuento de hadas.
Mi amiga apareció de repente y sin previo aviso para amortiguar mi caída.
Mi amiga es suave y dura como el airbag de ese coche mí­o lleno de abolladuras, explota delante tuyo y en un abrir y cerrar de ojos vuelves a estar a salvo pero, a veces, su explosión te quema al estar tan cerca.
Mi amiga es dulce conmigo aún cuando se muestra muy dura para intentar que mire de frente.
Mi amiga siempre termina las frases con una pregunta, para que seas tú quien realmente encuentres la respuesta.
Mi amiga es mala para ser buena, cómo sólo saben serlo las personas inteligentes.
Mi amiga siempre sonrí­e, una sonrisa pícara, que busca siempre la complicidad de su interlocutor.
A mi­ también me gusta mi amiga porque me lo paso bien con ella, porque me escucha cuando me rayo, porque era mi amiga antes de yo saberlo, porque se cambia de zapatos para no intimidarme, porque sabe muy bien lo que quiere y cómo conseguirlo, (sin recovecos que valgan), porque parece lo que no es, porque siempre está yendo y viniendo, porque cuando yo voy ella ya está de regreso.
Mi amiga no me da la paz que busco (y que no está en ningún sitio), pero me hace ser audaz (¿o temerario?).
¿acaso se le puede pedir más a una amiga?

Cosas bonitas

"Bonito" es un adjetivo sencillo.

Y sencillo y bonito es lo que me pasó ayer:
  • Se acerca Bea y me pide un abrazo y un beso para agradecerme lo que he hecho por ella. "¿Qué?" -le pregunto. "Darme ánimos y ayudarme en el trabajo" -contesta.
  • Se acerca Juan y me dice que quiere invitarme a comer. En realidad quieren invitarme él y su equipo. "¿Y eso" -le pregunto. "Por ayudarnos en el trabajo" -contesta. Nos sonreímos y quedamos para la vuelta de vacaciones.

Cuando me voy a dormir, me acuerdo de estas dos anécdotas del día y no puedo dejar de pensar en mi padre.

Mosaiq (II)


Ocurrió que el día que Otto decidió cambiar su vida yo andaba por allí. Simple. Así sin más.

No creo que nada de lo que yo le dijera entonces pudiera influir realmente en su decisión puesto que ésta ya estaba tomada de antemano. Sí es cierto, sin embargo, que a él le había costado cerca de un año darse cuenta de eso.
Yo llegué, casualmente, al final de ese proceso, un día cualquiera
hola, buenos días

y así empezó todo. Hablamos mucho y deprisa, en un alud: "masa grande de una materia que se desprende por una vertiente, precipitándose por ella".

Algunas veces, a Otto yo le daba empujoncitos hacia su decisión. Otras me enfadaba con él, casi de verdad, por ver si así lo sacaba de su triste ensimismamiento.

Un día, otro
hola, buenos días

fue triste porque Otto se había lanzado al vacío y cuando me lo contó me dieron ganas de darle una patada en la espinilla para que se enterase de cuánto me dolía a mí su pena. Creo incluso que se la di.

Fue así como nos hicimos amigos (amistad: "afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato").

Así que, en estos días, cuando me entretengo leyendo un rato, no me sorprende encontrame palabras que cuentan su vida (y la de su chica). Ojalá sean absolutamente felices:

Un año más
las mismas voces
el día que quieres
cambiar la tuya,
los mismo perros,
el gallo que nos despierta
otra vez. Si supieras
cuánto te quiero, cómo
olvido lo que he sido
sin ti, cómo miro tu
cuerpo en la ventana,
vencido para ver
los viejos que pasean
en la última tarde
del invierno. Dime
que lo sabes, que
mi dolor volverá a
derretirse como el hielo,
que el silencio
ha vuelto a ser
la inocencia del niño.
Dime que sabes ya
que te quiero,
que no soñaste
esta noche con
un poema de amor
como este.

(L. Suñén)
[Espero impaciente la vuelta de su viaje para ver esa felicidad en imágenes]

lunes, 23 de julio de 2007

Silencio

Me dice Bienve que reza por mí.

Si él supiera todo lo que no puedo contarle...

Odio profundo

Odio profundamente que venga la tipa esta a decirnos que desde que se marchó y ya no trabaja donde el resto de los mortales, ella es más feliz.

Odio profundamente -y que le parta un rayo- que ande entre nuestras mesas de trabajo perdonándonos la vida porque ELLA sí supo y pudo escoger mejor.

Anda, bonita, deja de tocarme las narices que el hecho de que tú estuvieras amargada no significa que los demás tengamos que estarlo. A lo mejor, cielo mío, lo que te pasó es que no supiste o no pudiste adaptarte a los cambios y, claro, fue mejor marcharse. ¿Huir?

¿Sabes? Vete a criar tus lechugas maravillosas y deja de jorobarnos al resto.

domingo, 22 de julio de 2007

Adivinanza doble

En casa de David suelen pasar cosas simpáticas.

A veces toman la forma de mujeres de altos tacones y escotes de vértigo que van y vienen, sin hablar, con una copa en la mano -las superestrellas, las llama mi esposo. Otras veces son los flirteos de un él que entabla una conversación insulsa con una ella ya comprometida con otro, bajo la mirada atónita de todos los invitados a la cena y la risa maligna de, por ejemplo, una servidora. Y otras, en suma, es un exquisito salmón preparado en la barbacoa.

La cena de anoche empezó con la noticia de los embarazos recientes de la anfitriona y una de las invitadas respectivamente, continuó con la llegada de una pareja con un niño de cuatro meses y se completó con la aparición de otra pareja más, en su quinto mes de gestación. Hubo intercambio de besos

smuack, smuack, ¡qué bien te veo!

y nos fuimos sentando -parecía que aleatoriamente- alrededor de la mesa. La cosa es que yo quedé justo en la frontera entre los embarazos (a la izquierda) y Pepe (a la derecha), quien luego sería el que prepararía los gin-tonic (ya empezamos...).

Por deferencia participé lo justo -tres minutos- en la conversación de mi izquierda hasta que las conjeturas sobre amniocentesis, las incertidumbres sobre náuseas y pérdidas, las miradas perdidas indagando el futuro del bebé y los detalles sobre la última visita al tocólogo consiguieron empujar dulcemente mi cuerpo hacia la derecha, hasta adentrarme en la charla informal sobre opciones de compra de una empresa, rediseño de botellas para su lanzamiento al mercado, briefing de clientes e historias sobre puros traidos de Cuba.

Éramos diez comensales: cinco mujeres y cinco hombres. Adivina dónde se sentó cada uno y en qué estaba pensando yo.

sábado, 21 de julio de 2007

Lo que dice Guillermo

Decir que la casa de mi amiga Elisabeth es grande es como no decir nada. Grande, grande, ¿grande con respecto a qué? ¿Tu apartamento, mi adosado, la casa de tus tíos, la tuya en la playa?

Mejor procedemos por enumeración y así comprendes mejor a qué dimensiones me refiero. Vamos allá:
  • una lámpara de araña cuyo diámetro ni siquiera abarcan mis brazos abiertos preside, desde el techo, el hall de la entrada. (Sí, sí, he dicho hall y no precisamente por esnobismo).
  • dos lavaplatos, dos fregaderos, una mesa redonda para ocho comensales, un sofá, dos sillones y una chimenea te observan en la cocina cada vez que vas a por un vaso de agua.
  • el número de cuartos de baño no me lo sé, lo siento, pero sí puedo contarte que, de su baño a su vestidor debes traspasar dos puertas y andar unos quince pasos.
  • dos despachos, un gimnasio, una zona de invitados más grande que mi salón y mi cocina juntos (lo cual ya sé que te deja igual que estabas porque tampoco sabes cómo es mi casa...), una sala para ver la televisión, el garaje, el lavadero...

En fin, ya te haces una idea.

Pero lo mejor, lo mejor de todo es que para nuestro común amigo Guillermo lo más espectacular de la casa es que en la despensa tienen aire acondicionado.

¡Genial1

viernes, 20 de julio de 2007

Futuro improbable

Contesto a un mensaje de mi hermano, que me escribe para darme un recado, con la más sencilla de las despedidas:

un beso

Antes de enviarlo, me descubro extrañada por este beso puesto que -pienso- no es un beso retórico. Es un beso de verdad, de hermanos.

Esta reflexión me lleva directamente -¿adivinas?- a replantearme si quiero otro hijo. Bueno, más que otro hijo, lo que me ronda por la cabeza es si mi hija Lucía necesita un hermano...

Nosotros somos cuatro y nuestra casa era un campamento de verano que no tenía fin. Fíjate hasta qué punto era así que podía ocurrir que tú llegaras, no sé, a recogerme para dar una vuelta quizá, y que entonces te encontraras a mi abuela en la cocina que te ponía de merendar sin preguntarte y, ya puestos, aparecía mi padre que se sentaba al lado de tu vaso de colacao para leerte la carta que acababa de recibir de su amigo Jonathan. Justo entonces, cuando te levantabas porque yo ya había aparecido, podía entrar mi madre con las tijeras de podar y pedirte, por favor, que le echaras una mano para terminar de cortar las ramas del almendro porque mi hermano Manuel acababa de irse a jugar al baloncesto y le había dejado con la escalera en la mano.

Había en casa de mis padres una extraña organización según la cual cualquier cosa estaba permitida siempre que no molestases o hicieras daño a otros. Mis amigas estaban fascinadas y, a veces, venían sólo a sentarse en el porche a charlar con mi madre. O con mi padre. A mí, por entonces, no me parecía que esto tuviera ningún misterio. Simplemente era.

Tengo 41 años y he sufrido dos abortos.

Mejor pienso en otra cosa.

¿Se acercan tiempos mejores?

Me llama Enrique y me cuenta que el inversor quiere más del 50% de la empresa. Esta vez parece que eso es bueno. Dice que en septiembre debe estar todo cerrado.

Yo me pregunto si acaso se acercan tiempos mejores. En lo emocional, digo.

Es agradable que te lean

Uf, mucho mejor, pero que mucho mejor.

Al fin y al cabo, son mucho años pegada a esta herramienta y, total, como Rafa y Otto dicen que escribo bien por qué no creerlo y volver.

jueves, 19 de julio de 2007

Verano

Acabo de comerme un melocotón. Su olor aún permanece en mis manos.