miércoles, 29 de agosto de 2007
viernes, 24 de agosto de 2007
La casa de los truquitos

La casa de mis padres está llena de pequeños trucos diseñados por mi madre con el firme propósito de aumentar la seguridad de una vivienda que, precisamente, siempre ha carecido de esta.
Al principio las puertas estaban siempre abiertas, todas: la de la casa, la de la verja, la del jardín. Y las llaves no eran necesarias. Claro está que la primera vez que se coló un tipo dentro del salón
mamáaa, hay un hombre detrás del sofá
fue mi abuelo, después de amenazarlo con el bastón, quien sugirió que quizá era conveniente cerrar la puerta de entrada, "no fuera a ser...".
Las cosas se fueron complicando progresivamente con la combinación de algunos más que entraron en la casa en diferentes oportunidades (¿por qué siempre hombres?), los tiempos más complejos que nos tocan vivir y el deterioro progresivo de los barrios circundantes.
Así pues, tras casi cuarenta años de existencia la casa se ha convertido en una especie de fortificación casera en la que te encuentras con unos mini-pestillos que cierran las persianas en los laterales (y que, religiosamente, debemos aplicar cada vez que nos marchamos, en las casi veinte ventanas que tiene el hogar); una llavecita -de la que únicamente hay una copia- con la que cerramos la puerta de la cocina que da al jardín y que todas las noches que cenamos en la terraza tenemos que pasarnos de mano en mano cada vez que entramos y salimos; unas rejas horrorosas en todas y cada una de las ventanas del piso bajo, permanentemente cerradas a no ser que quieras tomarte la molestia de aguantar un tremendo chirrido al abrirlas; y así ad infinitum.
Luego está la manía de desenchufar los electromésticos cada vez que vamos a salir, tare que, por supuesto, mi madre deja siempre para cuando ya toda la familia está dentro del coche esperándola. Pero, casi que esto lo cuento otro día.
jueves, 16 de agosto de 2007
Mercadillo
¡A cinco y a diez, nena, a cinco y a diez!
¡Cinco euros dos pares!
¿Conoces a alguna mujer que pueda resistirse a la tentación de visitar un mercadillo? Yo, desde luego, no. Así que cuando Cayetana me comenta que el martes es el día en que ponen los puestos, me organizo con mi esposo –el único papá disponible ese día- para que se quede con todas las niñas (primas y amigas) y las lleve él a la piscina. Que yo me voy al mercadillo.
¡Caja rápida, caja rápida, yo también cobro!
Cuidado con las cámaras, señoras, que os vigilan.
Y fíjate que, a pesar de todo, no me acordaba yo del encanto, a su manera, de un sitio como este: los gritos de los vendedores, los atropellos de las señoras, las peleas por las prendas amontonadas en varias mesas improvisadas... Hasta que me saca de mi ensimismamiento el empujón de dos señoras que, ni cortas ni perezosas, se desnudan en un pis pas, así en mitad del puesto, para probarse sendos vestidos. Eso sí, mujeres precavidas llevan el bañador debajo.
Cayetana me lleva unas cuantas perchas de delantera, no en vano es la cuarta vez que viene y ella ya sabe qué está buscando. Yo, por el contrario, me tengo que obligar a recordarme a mí misma que he venido a encontrar alguna ganga y que más me vale dedicarme a eso porque el tipo que lleva el puesto empieza mosquearse de que le mire con la boca abierta
¡Vamos, vamos, mucha gente y poco dinero!
¡Cinco euros dos pares!
¿Conoces a alguna mujer que pueda resistirse a la tentación de visitar un mercadillo? Yo, desde luego, no. Así que cuando Cayetana me comenta que el martes es el día en que ponen los puestos, me organizo con mi esposo –el único papá disponible ese día- para que se quede con todas las niñas (primas y amigas) y las lleve él a la piscina. Que yo me voy al mercadillo.
¡Caja rápida, caja rápida, yo también cobro!
Cuidado con las cámaras, señoras, que os vigilan.
Y fíjate que, a pesar de todo, no me acordaba yo del encanto, a su manera, de un sitio como este: los gritos de los vendedores, los atropellos de las señoras, las peleas por las prendas amontonadas en varias mesas improvisadas... Hasta que me saca de mi ensimismamiento el empujón de dos señoras que, ni cortas ni perezosas, se desnudan en un pis pas, así en mitad del puesto, para probarse sendos vestidos. Eso sí, mujeres precavidas llevan el bañador debajo.
Cayetana me lleva unas cuantas perchas de delantera, no en vano es la cuarta vez que viene y ella ya sabe qué está buscando. Yo, por el contrario, me tengo que obligar a recordarme a mí misma que he venido a encontrar alguna ganga y que más me vale dedicarme a eso porque el tipo que lleva el puesto empieza mosquearse de que le mire con la boca abierta
¡Vamos, vamos, mucha gente y poco dinero!
Been there, done that!

En la época en que Beth y yo hacíamos juntas viajecillos por Europa, allá por el inicio de la década de los noventa, nos inventamos una especie de juego para pasar las horas muertas en los viajes en tren. Lo llamamos Been there, done that y venía a ser una especie de remedo del afán del turista de autobús en versión norteamericana que se conforma con llegar, pongamos por caso, frente a la tour Eiffel para anotar, acto seguido, en su libreta de cosas por ver y hacer: "hecho".
Este jueguecillo nos entretuvo bastante por entonces y nosotras mismas lo usábamos, casi en serio, después de pasar una mañana -atentos todos a nuestro glamour intelectual- en el Rijksmuseum en Amsterdam.
Been there, done that.
La frasecita se convirtió, de puro usarla, en un guiño secreto para las cosas de la vida cotidiana (una película que habíamos visto, un libro que había que leer, un restaurante por conocer...) y llegó, cómo no, hasta nuestros chicos. Y así fue cómo la expresión es ahora parte de mi vida familiar.
Pues bien, en estos días en que ando por Second Life vestida de Galatea Capalini, haciendo el chorra e intentando descubrir qué tiene de interesante este chisme creo que ya mismo le cuelgo el been there, done that y dejamos el asunto zanjado.
Al fin y al cabo, como dice Andrés, no es más que un chat un pelín sofisticado, por mucho que Victoire de Castellane se empeñe en diseñar allí sus joyas virtuales en el Belladone Island.
Este jueguecillo nos entretuvo bastante por entonces y nosotras mismas lo usábamos, casi en serio, después de pasar una mañana -atentos todos a nuestro glamour intelectual- en el Rijksmuseum en Amsterdam.
Been there, done that.
La frasecita se convirtió, de puro usarla, en un guiño secreto para las cosas de la vida cotidiana (una película que habíamos visto, un libro que había que leer, un restaurante por conocer...) y llegó, cómo no, hasta nuestros chicos. Y así fue cómo la expresión es ahora parte de mi vida familiar.
Pues bien, en estos días en que ando por Second Life vestida de Galatea Capalini, haciendo el chorra e intentando descubrir qué tiene de interesante este chisme creo que ya mismo le cuelgo el been there, done that y dejamos el asunto zanjado.
Al fin y al cabo, como dice Andrés, no es más que un chat un pelín sofisticado, por mucho que Victoire de Castellane se empeñe en diseñar allí sus joyas virtuales en el Belladone Island.
miércoles, 15 de agosto de 2007
¡Tengo el pelo verde!
Pues no va y se me pone el pelo verde de tanto bañarme en la piscina. Vamos, ¡quién me lo iba a decir a mí! A estas alturas de la vida.
En fin, la cosa es que me he pasado quince días dentro del agua con mis sobrinas, mi hija y los amiguitos de todas ellas. Cuando no era en la "pisci" era en la playa. Y, claro: el pelo verde.
El año pasado anduve yo más avispada y me echaba potingues variados a cada rato para que ni el sol, ni el salitre, ni el cloro, ni la madre que los parió a todos, me dejaran el pelo destrozado. Sin embargo, este verano, no sé, quizá porque me veo más suelta con mi vida, o porque estoy más despistada o probablemente, incluso, debido a que hay cosas que me dan igual, o a lo mejor es porque con tanta niña a mi alrededor y tantos cachivaches que tengo que meter en la bolsa de la playa ni siquiera me he acordado, o porque se me ha olvidado (¿es lo mismo?), ¡qué sé yo! ... ni lo pensé.
Total, que llega mi cuñada y acaricia el pelo de su hija Claudia y le dice con sonrisa: "mi pequeña marcianita, con el pelo verde". Y yo, esa noche, ante el espejo, me miro con detalle y digo
YO TAMBIÉN.
Horror.
En fin, la cosa es que me he pasado quince días dentro del agua con mis sobrinas, mi hija y los amiguitos de todas ellas. Cuando no era en la "pisci" era en la playa. Y, claro: el pelo verde.
El año pasado anduve yo más avispada y me echaba potingues variados a cada rato para que ni el sol, ni el salitre, ni el cloro, ni la madre que los parió a todos, me dejaran el pelo destrozado. Sin embargo, este verano, no sé, quizá porque me veo más suelta con mi vida, o porque estoy más despistada o probablemente, incluso, debido a que hay cosas que me dan igual, o a lo mejor es porque con tanta niña a mi alrededor y tantos cachivaches que tengo que meter en la bolsa de la playa ni siquiera me he acordado, o porque se me ha olvidado (¿es lo mismo?), ¡qué sé yo! ... ni lo pensé.
Total, que llega mi cuñada y acaricia el pelo de su hija Claudia y le dice con sonrisa: "mi pequeña marcianita, con el pelo verde". Y yo, esa noche, ante el espejo, me miro con detalle y digo
YO TAMBIÉN.
Horror.
miércoles, 1 de agosto de 2007
Hermanas

Mi hermana dice que admira la capacidad que tengo para abstraerme de según qué cosas y no dejarme llevar por pensamientos negativos. Mi hermana, de hecho, me pregunta si alguna vez pienso en negativo. ¡Qué graciosa!
Lo que le ocurre a mi hermana es que está en mitad de una crisis, la misma que sufrimos las mujeres cada cierto tiempo y que se llama: cómo puedo encontrar el equilibrio entre mi vida familiar y mi vida profesional. Ya sabes, eso que ahora los modernetes llaman "conciliación de la vida laboral", ¿o es de la familiar? Da igual el nombre, el caso es que andamos todas como malabaristas en una cuerda floja...
En estas reflexiones andamos cuando aparece mi cuñado quien, cual flautista de Amelín con Playstation en lugar de flauta, consigue llevarse a los niños un poco más allá de donde estamos las mamás e hipnotizarlos un ratillo. De repente, se hace el silencio. Glorioso -y sólo si eres madre sabes a qué me refiero.
Lo que le ocurre a mi hermana es que está en mitad de una crisis, la misma que sufrimos las mujeres cada cierto tiempo y que se llama: cómo puedo encontrar el equilibrio entre mi vida familiar y mi vida profesional. Ya sabes, eso que ahora los modernetes llaman "conciliación de la vida laboral", ¿o es de la familiar? Da igual el nombre, el caso es que andamos todas como malabaristas en una cuerda floja...
En estas reflexiones andamos cuando aparece mi cuñado quien, cual flautista de Amelín con Playstation en lugar de flauta, consigue llevarse a los niños un poco más allá de donde estamos las mamás e hipnotizarlos un ratillo. De repente, se hace el silencio. Glorioso -y sólo si eres madre sabes a qué me refiero.
Mi hermana me dice que recuerda el día que pasamos juntas en el hospital a la espera de mi legrado con absoluta admiración por cómo supe quitarle importancia y no agobiarme. Yo le digo a mi hermana que soy yo quien la admira a ella por haber transformado, con su compañía, un infame episodio en un recuerdo magníficamente feliz. Mi esposo estaba ingresado en otro hospital con diverticulitis y, ese mismo día, yo había perdido el bebé que esperaba. Sólo había dos opciones: llorar o reir.
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