viernes, 25 de abril de 2008

Besos, besos



Ayer te hubiera comido a besos. ¿La primavera? Quizá. O a lo mejor fue lo que me contaste de cómo te gusta la ciudad, no sé, o las cosas de tus alumnos, o lo que dijiste sobre los filósofos.

lunes, 21 de abril de 2008

Algunas veces

He comido con Sergio y le he dicho todo lo que pensaba. Creo que el pobre se ha quedado hundido porque no esperaba verme tan seria. Le he mostrado una de mis caras más desagradables porque ya empiezo a estar harta de que no me tomen en serio.

Es probable que no le queden muchas ganas de volver a verme pero ¿qué le vamos a hacer? Acepto el riesgo de que así sea.

Algunas veces me enfado.

Claro que, por otra parte, reconozco que hay algo en él que me atrae -como un precipicio- y hasta he tenido sueños inconfesables con él. Se me pasará, seguro, y entonces, como él dice, buscaré otra víctima.

¿Me vas a juzgar por eso? Ja.

lunes, 14 de abril de 2008

No me llames

A Judith y a mí nos pasa lo mismo, y yo creo que por eso nos caemos tan bien: cuanto más nos quieren tener cerca, más lejos nos vamos, hasta el punto de que la amistad puede llegar a agobiarnos y, entonces, desaparecemos.

Ya lo dije otra vez: a mí lo que me gusta es hacer amigos y mantenerlos me cuesta más.

¡Egocéntrica!

martes, 8 de abril de 2008

Judith y Otto construyen su universo de casualidades

Recibo una llamada de Otto que a mí me suena muy dulce. Después de tantos días corriendo es muy agradable volver a encontrarme con el amigo, con su voz. Por fin le escucho contento, feliz por fin donde quiere estar. Y lo más importante, o así por lo menos a mí me parece, solo ante su futuro por construir.

El viernes pasado, por la tarde, escuchaba el programa de música clásica de Radio 1 y, casualmente, hablaban de cómo Argenta había llevado al éxito a la Orquesta Nacional allá por los años cuarenta. El locutor se refería concretamente al episodio del apagón en el Albéniz durante la representación de Aida y contaba cómo el ilustre director había sabido llevar hasta el final a sus músicos, dirigiendo con los ojos cerrados mientras ellos leían sus partituras en la penumbra de unas velas improvisadas.


Me emocioné. Era de nuevo una de las casualidades que siempre rodean a Otto y Judith: él acababa de usar esta metáfora un par de horas antes y si entonces me había podido escapar de las lágrimas, ahora ya no pude.

miércoles, 2 de abril de 2008

Un gran día

Mi hija hoy ha cumplido cinco años.

En lugar de pasar la tarde con ella, he pasado el día entero intentando dar satisfacción a los egos insaciables de personas sin escrúpulos, individuos que no dudan en echar por tierra con una palabra, incluso con un gesto, el pequeño castillo de naipes del agotador esfuerzo personal.

Seguiremos trabajando y seguiremos pasando los cumpleaños de nuestros hijos a otro día y nuestros jefes seguirán pensando que somos transparentes, a excepción de la pequeña mancha que encontrarán en mitad de nuestra tarea y sobre la que construirán una excusa para justificar su falta de autoestima.