jueves, 27 de septiembre de 2007

Cómo terminar con una relación (si eres una bruja...)


A Pablo le pregunté directamente si quería ser mi amante. Dijo que sí. Y entonces, empezamos por el principio: el sexo.

Fue un tiempo divertido en el que, por fin, me atreví a pedir todo lo que quería y a ofrecer también todo lo que me gustaba. Hubo algún riesgo de enamorarnos, sobre todo el 9 de octubre de hace un año, cuando paseamos después de comer cogidos de la mano por las calles de Otoño. El restaurante era de color naranja, como una puesta de sol.

Él, Pablo, me dio cosas para leer e intercambiamos puntos de vista sobre lo divino y lo humano. Cuando se ponía muy serio, yo acaba tomándole el pelo porque no hay nada más gracioso que un amante sentando cátedra. ¡Qué cosas!

Me atrajo de él esa especie de misterio que le rodeaba: un hombre silencioso, casi circunspecto ("Seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras"), en mitad de tantas prisas y carreras que tiene nuestra vida cotidiana. Así que le pedí un beso y antes de dármelo me advirtió que su novia acababa de irse a vivir con él. Perfecto -pensé. Menos líos.

Ocurrió, sin embargo, que el misterio fue tan sencillo de resolver que pronto me aburrí. Exacto: soy una bruja. Y un día, cuando dejaron de hacerme gracia sus discursos después del amor, cuando sus explicaciones detalladas de las cosas cotidianas me aburrían y hasta sus sugerencias literarias se hicieron previsibles, me di cuenta de que no me servía.

Dejé de ponerle notitas amarillas en sitios simpáticos. Dejé de escribirle a nuestra cuenta de correo secreta. Dejé, en fin, de interesarme por él. Así, conseguí que se enfadara conmigo y que ayer por la tarde me mandara a paseo por teléfono.


Soy mala.

Por cierto, la imagen de este post se llama Dance me to the end of love.

jueves, 20 de septiembre de 2007

La perplejidad de hoy

La perplejidad de hoy viene de la imbecilidad de algunos de mis compañeros de trabajo y de mi estupidez máxima por haber perdido la gran oportunidad de quedarme callada.

martes, 18 de septiembre de 2007

Corrígeme si me equivoco

Cuando hablo con Otto son tantas las cosas que quiero decirle que, al final, se me quedan todas sin decir. Las conversaciones son rápidas, rápidas, rápidas y el escenario es siempre tan "extraño" que sólo cuando ya voy de regreso a casa me asaltan todas las preguntas que no he hecho.

La de hoy es ésta: si tu chica ya está lista para marcharse ¿a ti cuánto tiempo más te queda antes de que también te vayas? A mí, esta tarde, me ha dado la impresión de que, en realidad, ya no estabas.

Corrígeme si me equivoco.

Lactancia materna


Esto de la lactancia materna es algo así como "¡oh, señora, sepa usted que para su recién nacido la leche materna es lo más adecuado por estas y estas otras razones". Y nosotras, pues nos lo creemos y sí, claro, pasamos los cuatro meses de la baja en el paraíso hasta que ¡zas! volvemos al trabajo y entonces..

"oiga, señora, no me moleste con tonterías y búsquese la vida"

Sí, sí, que ya sé que tenemos las medias horas de lactancia y todo eso pero, mira, esta mañana me he encontrado en el baño a una compañera que aún no lleva una semana desde que se incorporó al trabajo y la pobre anda buscándose la vida para sacarse la leche como puede y continuar con las tomas del niño: saca leche, guárdala en la neverita ad hoc y cuando llegues a casa, la congelas.

Y en los baños que tenemos, la luz está fuera y se apaga automáticamente a los no se qué segundos (bueno, a lo mejor son minutos), en cualquier no dura encendida el tiempo suficiente para que mi colega evite tener que vestirse -o lo que sea- para salir y volverle a dar al interruptor.

Así que, nada, ¡viva la lactancia materna! pero, por favor, no nos moleste.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Vida privada


Sospecho que mi hija cree que sus profesoras viven en el cole, de la misma manera que yo también creía que Don Matías -mi profesor de matemáticas en octavo de EGB- no tenía vida privada. De hecho, fue un verdadero shock descubrir que nuestro admirado profe no sólo estaba casado, sino que además tenía dos niñas.

A mi hija, la sorpresa le sobrevino el otro día cuando nos encontramos con su señorita Marisa en el aparcamiento de un centro comercial

¡mami, mami, mi profe!

Recuerdo también como una especie de revelación, el día que -ya en segundo de BUP- nos comunicó el jefe de estudios que Marta, nuestra profesora de inglés, se había marchado a vivir a Inglaterra. Para mí fue una especie de traición: no podía entender por qué una persona a la que admiraba tanto, que tanto me había enseñado, se marchaba de repente ¿a dónde? Yo entendía que su vida eran sus alumnos y que más allá no había nada. Obviamente, Marta tenía su vida privada.


Ayer mi jefe me dijo que se quiere marchar y, perpleja, me di cuenta de que él, como todos, tiene su vida privada.

martes, 11 de septiembre de 2007

Pequeña confesión

Lucía tiene cuatro años y sigue usando chupete. En su momento no pude, no quise y no supe quitárselo porque me conmovía ver el placer que le causa. Imposible quitárselo.

Total, me dije, un día dejará de usarlo porque sí. Y ese día ha llegado.

Hoy.

No es que lo haya dejado. Símplemente lo que ha ocurrido es que se le ha roto y, la pobre, cuando lo ha visto se ha echado a llorar: ¡mami, mami, que se ha rotoooo!

Mi niña, cómo llora. He tenido que inventarme una pequeña historia de cómo a mí, a su papá, a su prima, a todos los niños del mundo se les rompen un día los chupetes y entonces buscan otra cosa para sustituirlo: yo me hago ricitos en el pelo, su prima se toca la oreja, su papi acaricia la almohada...

Ha sonreído y me ha dicho que ella también tenía una idea. Pero se ha dormido llorando.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Estás estupenda

Hay días en los que me siento absolutamente ESTUPENDA.

Son días en los que puedo con todo: mi niña, mi casa, mi marido, el cole, el parque, el trabajo, los jefes, los amigos, mis alumnos, sus padres, los correos, las reuniones, la compra y el jardín. Me levanto por la mañana y sé a ciencia cierta -por algo me siento estupenda- que cualquier cosa que me ponga me va a sentar bien: la falda roja, la estampada de flores, la larga, la corta, los pantalones negros; un jerselito, una camisa blanca, una camiseta o qué sé yo.

En esos días da igual si me peino o no porque mi pelo sabe lo estupenda que estoy y él solo, plis, plas, se organiza. Con igual simplicidad, ¡zas!, la raya del ojo me sale perfecta y el rimmel se acopla a mis pestañas como si ese fuera su sitio natural. ¿Los zapatos? Cualquiera: sandalias, tacones, chanclas... En fin, ya sabes de lo que hablo.

En el trabajo, puedo con todo. ¿Los correos? Mis dedos vuelan alegremente al contestarlos. ¿Las reuniones? Se me acumulan ideas geniales en la mente. ¿Las clases? Magistrales. En casa, ni te imaginas. Lo mismo pongo en marcha un estofado mientras le doy al programa 9 de la lavadora, que juego con mi hija a las comiditas mientras le quito el uniforme del cole y recojo los piratas que se han quedado esparcidos por la mesa del desayuno.

¿Y sabes? Hoy no ha sido un día de estos.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Es viernes


Los viernes por la tarde se me pone a estas horas -las cuatro y media- una cara de imbécil de ver que no queda nadie por aquí, que no sé si reirme o llorar.

Luego, ¡manda güevos!, tenemos que aguantar que algunos nos digan que las mamás nunca queremos quedarnos hasta tarde. ¿Y usted, dónde estaba señor mío el viernes a las cuatro?
Pues eso.

jueves, 6 de septiembre de 2007

¡Oye, Otto!


Me encontré con Otto y me contó, con un brillo especial en los ojos, que llevaba a su chica al ballet.
Me lo volvió a contar Otto de nuevo como queriendo dar saltitos de emoción. Pero yo no entendía.
Me encontré con Otto de nuevo y me dijo que la casualidad había hecho que tuviera la oportunidad de hacer realidad un pequeño sueño que soñó hace un año.
Entonces entendí lo que Otto quería decirme.
¡Oye, Otto! Cuéntame qué pasó.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

¿Nos casamos?


No recuerdo el día de mi boda como el más feliz de mi vida, la verdad. Y si a eso vamos, fíjate que traigo a la memoria con más alegría la emoción de la tarde en que me comunicaron que me daban una beca de estudios para la Universidad de Manchester que las imágenes de mi boda. Más momentos felices: la noticia de mi primer embarazo, la beca pre-doctoral en Barcelona, la primera noche con Antonio, los viajes a Tarifa...


En realidad, esto de que la boda sea el día más feliz de tu vida debe ser un truco publicitario o algo así.


¿Por qué se casa la gente?


Yo me casé porque ya me tocaba. A ver, entendámonos, que estaba enamorada y todo eso es obvio porque, si no ¿de qué me iba yo a atar a un hombre habiendo tantos en el mundo? Lo que pasa es que ya habíamos pasado seis años en la distancia, en esa época en que los billetes de avión aún eran caros y Virgin Airlines aún no se había inventado la coña esta del no frills; en la lista del been there, done that había ya muchas cosas; y, oye, si por fin te has comprado una casa a medias con el tipo del que te has enamorado y los dos tenéis trabajo y tal, ¿por qué no?


Y ahí vino la trampa.


Porque bastó comunicar a mi madre que, por fin, nos habíamos decidido para que se lanzara al ataque: ¡mi hija se casa! Ay, señor, ¡qué mal lo pasé intentando contemporizar los deseos de ella y los de mi futuro marido!


¿Cómo dices? ¿Qué dónde está lo que yo quería? No sé, me imagino que con lo de consentir en casarse, él ya dio por satisfechos mis deseos. Ni te imaginas las broncas que tuvimos con la lista de bodas que no íbamos a poner pero a la que hubo que acceder, con la decisión del menú del banquete, las reservas en el hotel de todos los invitados. Yo qué sé... Vamos, que no me vuelvo a casar nunca más.


Por eso, ayer cuando Rafa me contaba cómo va eligiendo su indumentaria para el viernes, sentí como una especie de brisa fresquita de ver ese pequeño reducto de la voluntad, esa especie de símbolo de que todavía queda algo que se va a hacer a su modo, una especie de ¡señora no me empuje, por favor!


Será feliz. O no. Como todos nosotros. Pero siempre recordará el día de su boda con el pequeño placer de haber hecho una cosa, una, a su antojo.


lunes, 3 de septiembre de 2007

¿Estrés post-vacacional?


Si hay algo que me pone de los nervios en el primer día de trabajo a la vuelta de vacaciones son los smuack, smuack, ¡qué bien te veo!, ¿cómo estás, qué tal las vacaciones? Ya sé que son fórmulas de cortesía y que no podemos entrar al despacho como borregos, sin saludar a los colegas y contarnos lo descansados que estamos todos y lo felices que hemos sido (claro que, ahora que lo pienso, si al sitio donde han ubicado nuestras mesas de trabajo han convenido en llamarlo "pradera", ¿qué de malo tendría comportarse como un borreguito? Interesante pensamiento, pardiez, lo iremos madurando).


En fin, a lo que iba. A mí no me asusta volver al trabajo porque me gusta lo que hago y me lo paso bien haciéndolo. Esto, ojito, no quiere decir que no disfrute igualmente y sea optimamente feliz cuando estoy en casa meditando después de comer... Sí, sí, soy una de esas personas simples que se conforman con lo que podríamos llamar "una vida corriente". Ahora bien, de eso a tener que repetir quinientas veces el mismo discurso post-vacacional, pues como que no. Y menos a gente a la que realmente preferiría pegarle una patada en la espinilla, es un poner.


Porque, veamos, yo llego esta mañana al trabajo después de un mes delicioso repartido entre mis amigos y mi familia. Un mes en el que he tenido, incluso, el hermoso privilegio de pasar cinco días casi sola en casa (mi hija con los abuelos y mi esposo trabajando). Tiempo, todo el mes, de quedarme mirando las musarañas si me apetecía o de ponerme al día con un par de lecturas aplazadas; de charlar con mi madre hasta las tres de la mañana; de escuchar a mi esposo y ponerme en su lugar; de reencontrarme con un par de amigas; de descubrir que las tardes en la montaña son igual de bonitas que en la playa.


Y así, llego al trabajo y, con la primera mejilla que se me ofrece para el beso de bienvenida me pregunto: ¿y ahora a este qué le cuento de mi vida?


Pues nada, lo mismo: smuack, smuack, ¡qué bien te veo!, ¿cómo estás, qué tal las vacaciones? Total, digo yo que todos estaremos pensando en lo mismo.


Nota: no hace falta que te diga que ha habido un par o tres de excepciones, abrazos de verdadera bienvenida.