miércoles, 5 de septiembre de 2007

¿Nos casamos?


No recuerdo el día de mi boda como el más feliz de mi vida, la verdad. Y si a eso vamos, fíjate que traigo a la memoria con más alegría la emoción de la tarde en que me comunicaron que me daban una beca de estudios para la Universidad de Manchester que las imágenes de mi boda. Más momentos felices: la noticia de mi primer embarazo, la beca pre-doctoral en Barcelona, la primera noche con Antonio, los viajes a Tarifa...


En realidad, esto de que la boda sea el día más feliz de tu vida debe ser un truco publicitario o algo así.


¿Por qué se casa la gente?


Yo me casé porque ya me tocaba. A ver, entendámonos, que estaba enamorada y todo eso es obvio porque, si no ¿de qué me iba yo a atar a un hombre habiendo tantos en el mundo? Lo que pasa es que ya habíamos pasado seis años en la distancia, en esa época en que los billetes de avión aún eran caros y Virgin Airlines aún no se había inventado la coña esta del no frills; en la lista del been there, done that había ya muchas cosas; y, oye, si por fin te has comprado una casa a medias con el tipo del que te has enamorado y los dos tenéis trabajo y tal, ¿por qué no?


Y ahí vino la trampa.


Porque bastó comunicar a mi madre que, por fin, nos habíamos decidido para que se lanzara al ataque: ¡mi hija se casa! Ay, señor, ¡qué mal lo pasé intentando contemporizar los deseos de ella y los de mi futuro marido!


¿Cómo dices? ¿Qué dónde está lo que yo quería? No sé, me imagino que con lo de consentir en casarse, él ya dio por satisfechos mis deseos. Ni te imaginas las broncas que tuvimos con la lista de bodas que no íbamos a poner pero a la que hubo que acceder, con la decisión del menú del banquete, las reservas en el hotel de todos los invitados. Yo qué sé... Vamos, que no me vuelvo a casar nunca más.


Por eso, ayer cuando Rafa me contaba cómo va eligiendo su indumentaria para el viernes, sentí como una especie de brisa fresquita de ver ese pequeño reducto de la voluntad, esa especie de símbolo de que todavía queda algo que se va a hacer a su modo, una especie de ¡señora no me empuje, por favor!


Será feliz. O no. Como todos nosotros. Pero siempre recordará el día de su boda con el pequeño placer de haber hecho una cosa, una, a su antojo.


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