
A Pablo le pregunté directamente si quería ser mi amante. Dijo que sí. Y entonces, empezamos por el principio: el sexo.
Fue un tiempo divertido en el que, por fin, me atreví a pedir todo lo que quería y a ofrecer también todo lo que me gustaba. Hubo algún riesgo de enamorarnos, sobre todo el 9 de octubre de hace un año, cuando paseamos después de comer cogidos de la mano por las calles de Otoño. El restaurante era de color naranja, como una puesta de sol.
Él, Pablo, me dio cosas para leer e intercambiamos puntos de vista sobre lo divino y lo humano. Cuando se ponía muy serio, yo acaba tomándole el pelo porque no hay nada más gracioso que un amante sentando cátedra. ¡Qué cosas!
Fue un tiempo divertido en el que, por fin, me atreví a pedir todo lo que quería y a ofrecer también todo lo que me gustaba. Hubo algún riesgo de enamorarnos, sobre todo el 9 de octubre de hace un año, cuando paseamos después de comer cogidos de la mano por las calles de Otoño. El restaurante era de color naranja, como una puesta de sol.
Él, Pablo, me dio cosas para leer e intercambiamos puntos de vista sobre lo divino y lo humano. Cuando se ponía muy serio, yo acaba tomándole el pelo porque no hay nada más gracioso que un amante sentando cátedra. ¡Qué cosas!
Me atrajo de él esa especie de misterio que le rodeaba: un hombre silencioso, casi circunspecto ("Seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras"), en mitad de tantas prisas y carreras que tiene nuestra vida cotidiana. Así que le pedí un beso y antes de dármelo me advirtió que su novia acababa de irse a vivir con él. Perfecto -pensé. Menos líos.
Ocurrió, sin embargo, que el misterio fue tan sencillo de resolver que pronto me aburrí. Exacto: soy una bruja. Y un día, cuando dejaron de hacerme gracia sus discursos después del amor, cuando sus explicaciones detalladas de las cosas cotidianas me aburrían y hasta sus sugerencias literarias se hicieron previsibles, me di cuenta de que no me servía.
Dejé de ponerle notitas amarillas en sitios simpáticos. Dejé de escribirle a nuestra cuenta de correo secreta. Dejé, en fin, de interesarme por él. Así, conseguí que se enfadara conmigo y que ayer por la tarde me mandara a paseo por teléfono.
Soy mala.
Por cierto, la imagen de este post se llama Dance me to the end of love.

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