jueves, 31 de enero de 2008

¿Soy yo?




Me releo por aquí y, de repente, echo de menos a la mujer frívola que hay en mí. ¡Coño, pero qué requeteprofunda me estoy volviendo últimamente!

¡Aire!

viernes, 25 de enero de 2008

Cuento para Otto



Esta es la historia de un apuesto guerrero que se había quedado sin armadura. Había pasado por muchas duras batallas y, a pesar de que estas aún no habían terminado, a él sólo le quedaba su espada y, además, se había olvidado de cómo usarla. El apuesto guerrero tenía el corazón dividido en dos porque no sabía dónde estaba su princesa encantada y los mismos rayos de sol que un minuto le iluminaban, al siguiente le quemaban y le hacían llorar.

El apuesto guerrero no era feliz.

Y lo peor era que ya no sabía cómo se hacía para serlo.

Acertó a pasar un día por la gran roca donde el apuesto guerrero solía sentarse a pensar en su miseria, un hada madrina que, aburrida de tanto cuento de color de rosa, había salido a dar un pequeño paseo por alguna otra historia.

-¡Oh, un apuesto guerrero! Y ¿está llorando? -se admiró. Pero si los apuestos guerreros no lloran...

Y el hada madrina se quedó sobrevolando sobre la cabeza sin yelmo del caballero.

Silencio.

- ¿Por qué lloras?

- No soy feliz -y el apuesto guerrero levantó la vista.

- ¡Oh, vaya, pues no sé qué decirte porque la receta de la felicidad para esta historia no me la sé! Verás, sé cómo se hace para que La bella durmiente se despierte, para que Cenicienta recupere el zapatito y hasta para que Ariel recupere la voz.

- Ya.

- Pero de guerreros, la verdad, no tengo ni idea.

- Ya.

- De todos modos, si quieres, hablamos, tengo mucho tiempo hasta que sea la hora de volver a mi cuento.

Y se sentaron a hablar.

El apuesto guerrero le contó que le dolía el corazón y que quería que las páginas de su cuento pasaran deprisa, deprisa, directo hasta el final feliz. Ya no quería cruzar montañas ni ríos, ni enfrentarse al dragón. No tenía fuerzas para buscar el tesoro oculto en la cueva de las nieves, ni para superar las mil pruebas que el rey había dispuesto antes del triunfo final.

- Oh, vaya -dijo el hada madrina. Ojalá mi varita mágica te sirviera pero, ya ves, sólo sirve para las princesas. De todos modos, si quieres podemos hablar.

Y hablaron, y hablaron, y hablaron. Y mientras hablaban, al apuesto guerrero le iban pasando las cosas que venían en cada una de las páginas. Y el hada madrina siempre andaba por allí. La varita mágica, que no funcionaba en este cuento, no le servía de mucho al guerrero pero, al menos, estaba acompañado y tenía con quien compartir su tristeza.
De vez en cuando, al apuesto guerrero se le escapaba una sonrisa, parecida a las de la felicidad. Entonces el hada madrina daba un brinquito de alegría.

Y así fue durante todo el tiempo que tuvo que ser.

sábado, 19 de enero de 2008

Un hombre



Mi amiga Judith, la de verdad, no la que escribe aquí, ha tenido su bebé. El parto ha sido complicado y ella todavía no está bien. Anoche estuvo en urgencias.

Judith tiene una niña de la misma edad que mi hija y las dos son muy amigas. Cuando nació el bebé, ella -la niña- se quedó con nosotros un par de días.
Acabo de hablar con el marido de Judith. Es él quien más necesita ayuda ahora: su mujer está hecha polvo, su hija no quiere separarse del hermanito recién nacido y éste llora a todas horas porque aún no sabe cómo funciona el mundo (tiene hambre, frío y echa de menos el calor del vientre de su madre).

Mi amigo Jose, el marido de Judith, debe ahora ser el más fuerte y restablecer la paz y equilibrio de la casa: preparando y dando biberones, entreteniendo a su hija mayor, acompañando a su esposa, haciendo los recados de la casa, atendiendo el teléfono, preparando la comida.

Jose sabrá hacerlo. Es un hombre valiente y sereno.

[¿Recuerdas que el otro día te contaba qué significaba ser padre?]

miércoles, 16 de enero de 2008

Un recado para Otto


Querido mi Otto (y atención que el uso y colocación del posesivo no es en absoluto trivial):

Ojalá tuviera el antídoto para tu tristeza, ya mismo te lo enviaba por mensajero directo a tu corazón. Pero ¡ay, amigo mío! la vida tiene tantos peajes por los que debemos pasar, por los que debemos pagar, por los que debemos penar... Ojalá tuviera unas palabras lindas, de colorines, con las que envolverte y protegerte para llevarte ya mismo a donde quieres estar dentro de unos años, con las heridas cerradas. Pero no.

Ay, Otto, las cosas que valen la pena nunca han sido fáciles. Y lo sabe el que decide cruzar el desierto a solas por ver los amaneceres limpios, y el que quiere subir al Himalaya y vacía su mochila de lo prescindible por llegar a la cima del mundo. Y ambos saben lo duro que es el camino y lo asumen y se felicitan de su decisión, aunque se les quede la boca muda de sed o pierdan una mano helada en la nieve. Lo vi una vez en los ojos de un viejo amigo, que este tipo de cosas merecen la pena.

Otto, con tu permiso, te diré que más que triste, ahora deberías estar jodido y atreverte a hacerte los millones de preguntas que no tienen respuesta y que te rondan por la cabeza cuando te quedas a oscuras. Así, como los campeones. Y enfrentarte a la tristeza como sólo tú sabes hacer las cosas: con valentía, tacto, cariño y paciencia. ¡Qué te voy a decir a ti!

Ahora bien, mon amour, hazme también el favor de plantarte ante el espejo esta noche, antes de irte a dormir y contestarme a esta pregunta: ¿cuánto mejor estás desde que tomaste aquella decisión? Has vuelto a ser tú: arriesgado, aventurillas, inteligente, despierto... siempre dispuesto para la acción.

¿Qué dices? ¿Que te duele el corazón? ¡Pues claro! ¿Qué esperabas?

¿Qué dices? ¿Que esto está siendo difícil? ¡Pues claro! Ya lo sabías.

Coge a tu chica del brazo, ponle tu música preferida, dile que la amas y después, te inflas a llorar. ¿Y mañana? Ya veremos, será otro día.



Y ahora, entre nosotros, un cotilleo de mi jefe que no te había contado. Es un hombre delicioso. ¿Puedes creerte que se ha metido en "una piscina casi vacía y sin guardarse las espaldas" sólo por darme a mí algo que iba a ser imposible?. Al final, desafortunadamente, la jugada no le ha salido pero ¿sabes? ¡qué importa! lo más halagador es que lo ha intentado.

martes, 15 de enero de 2008

La amigdalitis de Tarzán

Tiene Bryce Echenique un libro titulado La amigdalitis de Tarzán en el que la protagonista, Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, escribe a Juan Manuel Carpio, antiguo amor, para contarle "pedazos de la aventura de la memoria de la mujer":

Él enmarca cada una de ellas, pero el lector ha de recomponer la historia de los sentimientos conforme a las circunstancias que surgen, porque de lo que dispone es de una sucesión fragmentada que constata la crisis que la vida impone a la mujer: «Me siento fuerte. Me siento mucho mejor. Como Tarzán al tirarse al agua». La debilidad de la mujer -«ya tú sabes todo lo que una amigdalitis puede ocasionarle a Tarzán en plena selva»- en la jungla humana queda atenuada en las cartas, que se convierten en el espacio seleccionado por el recuerdo para entresacar los fragmentos que de sí misma quiere mostrar a su compañero".
Pues bien, querido lector, ese "ya tú sabes" de Fernanda María me queda hoy a mí que ni pintado: débil y aparentando fuerza.

domingo, 13 de enero de 2008

Todas mis amigas


Cuando era jovencita nunca me detuve a pensar que tener amigos fuera importante. Así, todos los que tuve fueron circunstanciales, de suerte que cuando las circunstancias cambiaban, también lo hacían ellos (o ellas, entiéndaseme).

Porque a mí, señoras y señores, lo que de verdad me pone es "hacer amigos". Ya sabes, ese gusanillo que te entra ante la incertidumbre de si te llamará o no, esa cosa maligna de si llamas tú o no. Si en vez de hablar de amistad habláramos de amor, la cosa sería equivalente a la búsqueda eterna del primer beso, que sólo hay uno, el primero y que si quieres otro, pues ya sabes, búscate la vida (vaya, vaya, cómo me estoy liando). En fin, que lo que de siempre me ha gustado es ponerme desafíos a ver si consigo que esta o este o el de más allá acabe siendo mi amigo. Ya ves, menuda estupidez.

Mi hermana y mi cuñada me critican esta actitud y no entienden cómo es que no he mantenido más que una única amiga de la infancia, a la que, por lo demás, veo poco y llamo menos. ¡Yo qué quieres que te diga! La única explicación que se me ocurre es que soy muy mala amiga y que si empezamos con esto de llamar y quedar a todas horas, salgo disparada y no me ves más.

Ah, sí, pero las cosas cambian querida mía y ahora que egoistamente necesito más ayuda del mundo exterior porque hay días que con las dos manos no llego a hacerlo todo, empiezo a darme cuenta del verdadero valor de la amistad. Y tengo muchas amigas que me quieren:


  • Irene se acuerda de llamarme para que le diga si finalmente me hace el recado que le pedí (y del que me había olvidado).

  • Marta se ofrece a llevar a mi hija a la biblioteca con sus niños para que yo pueda terminar el trabajo que se me ha quedado a medias.

  • Miguel se lleva a mi hija de paseo con la suya porque acabo de llegar del dentista y me duele todo el cuerpo.

  • Paula recoge a mi hija del cole cuando yo no llego a tiempo.

  • Cristina nos invita a hacer galletas en su casa en una tarde aburrida de un martes de invierno.

¡Qué cosas! Yo que siempre pensé que la amistad de una mujer era aburrida y ahora, fíjate tú... paso las tardes más entretenidas del mundo (eso sí, rodeada de niños, mocos y pañales).

Anda, sonríe, guapo lector. ¿Qué dices, que Miguel no es nombre de mujer? Pues claro, pero va incluido en la categoría de amigas porque es el único tío que conozco que asume el cuidado de sus hijos en condiciones de igualdad.

Yo quiero ser un tío

Odio profundamente organizar las tareas de la casa. Si bien es cierto que no me importa hacerlas yo misma, me entran los siete males cuando tengo que planificar los menús semanales, hacer la lista de la compra, acordarme del día en que tengo que recoger los trajes de la tintorería, recordar que los miércoles Lucía tiene clase de natación, planificar la limpieza de las cortinas y mantener el orden en los cajones del armario de la entrada.

Ay, pero qué coñazo es esto, si yo lo que quiero es tirarme en un sofá a disfrutar de la plácida lectura del último libro que no me he comprado.

viernes, 11 de enero de 2008

La mejor hora para vernos


20:00h
1071/08

Judith:

He venido a buscarte a unas horas ciertamente intempestivas (era de noche, hacía frío, no había casi gente...)

En fin; la mejor hora para vernos.

Quizá mañana...

Rafa

Nunca le he dicho a Rafa lo bonita que me parece su letra (y que guardo todas las notitas que me ha escrito a lo largo de los años, que pronto serán diez).

lunes, 7 de enero de 2008

¿Y tú, a quién se lo habrías dado?

En una de estas tardes extrañas de estas Navidades, extrañas porque se me quedan como a caballo entre el ir y venir de un sitio a otro, el deshacer maletas, poner lavadoras y planificar cenas, comidas y meriendas, en una de esas tarde, mi marido y yo nos fuimos a dar un paseo.

Andando entre risas llegamos a una de nuestras tiendas favoritas, que no visitábamos desde mucho antes de nacer nuestra hija, esto es, desde que él se encerró a trabajar y yo a ser madre. Subimos y bajamos y entre las estanterías encontré un regalo para mi jefe

-¡Oh, ha dicho su jefe!
-Sí, sí, un regalo para su jefe.

y como es un buen tipo y le admiro en muchas cosas, ¡zas!, lo compré. Mi marido no me preguntó para quién era y yo tampoco se lo dije

-¡Oh, no se lo dijo!
- No, no, era un regalo para su jefe.

Sin embargo, ayer me preguntó mi esposo que si ya había regalado aquello que compré la otra tarde. Le dije que no, que aún no.

Entonces me dijo que le gustaba mucho y que si se lo podía quedar él.

-¡Oh, le preguntó!
- Sí, sí, era un regalo para su jefe.

Las fotos de las niñas


La casa de mi amigo es espectacular. Para que te hagas una idea de qué significa "espectacular", cierra los ojos e imagínate la casa de tus sueños. ¿Ya? Pues eso, espectacular.

Se parece mucho a la anterior, más pequeña aquella, sí, pero con una combinación parecida de grises y blancos. En aquella, cuando la visité, había aún muy pocos detalles personales porque él se acababa de mudar tras su separación. Me pareció entonces que entraba en la casa del mismísimo Lao (o vaya usted a saber) y, preciosa como era, tuve que hacer un esfuerzo consciente por no compararla con la que él había compartido durante tantos años con su ahora ya no esposa. La otra era una casa linda, acogedora, llena de recuerdos y detalles familiares. En fin.

En la visita a la primera casa, la pequeña, la que habitó al principio de volver a estar solo, me mordí la lengua a cada minuto para no preguntarle lo obvio: ¿por qué? Y aunque de eso debe hacer ya por lo menos cuatro años, la misma pregunta se me tropezaba en mitad de la conversación en la cena del otro día, en la casa espectacular en la que, ahora sí, había fotos de sus hijas. Una de ellas es exactamente igual a su madre y, siendo como es cierto que a ella -a la madre- no le tengo mucho afecto, me dio pena que en esa casa tan grande siguiera flotando la ausencia de una persona.

¿O quizá era sólo yo quien la sentía?

viernes, 4 de enero de 2008

Otro cumpleaños más

Es el cumpleaños de Judith y sus amigos llaman para felicitarla.
Judith se siente querida y está feliz.