lunes, 7 de enero de 2008

Las fotos de las niñas


La casa de mi amigo es espectacular. Para que te hagas una idea de qué significa "espectacular", cierra los ojos e imagínate la casa de tus sueños. ¿Ya? Pues eso, espectacular.

Se parece mucho a la anterior, más pequeña aquella, sí, pero con una combinación parecida de grises y blancos. En aquella, cuando la visité, había aún muy pocos detalles personales porque él se acababa de mudar tras su separación. Me pareció entonces que entraba en la casa del mismísimo Lao (o vaya usted a saber) y, preciosa como era, tuve que hacer un esfuerzo consciente por no compararla con la que él había compartido durante tantos años con su ahora ya no esposa. La otra era una casa linda, acogedora, llena de recuerdos y detalles familiares. En fin.

En la visita a la primera casa, la pequeña, la que habitó al principio de volver a estar solo, me mordí la lengua a cada minuto para no preguntarle lo obvio: ¿por qué? Y aunque de eso debe hacer ya por lo menos cuatro años, la misma pregunta se me tropezaba en mitad de la conversación en la cena del otro día, en la casa espectacular en la que, ahora sí, había fotos de sus hijas. Una de ellas es exactamente igual a su madre y, siendo como es cierto que a ella -a la madre- no le tengo mucho afecto, me dio pena que en esa casa tan grande siguiera flotando la ausencia de una persona.

¿O quizá era sólo yo quien la sentía?

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