viernes, 25 de enero de 2008

Cuento para Otto



Esta es la historia de un apuesto guerrero que se había quedado sin armadura. Había pasado por muchas duras batallas y, a pesar de que estas aún no habían terminado, a él sólo le quedaba su espada y, además, se había olvidado de cómo usarla. El apuesto guerrero tenía el corazón dividido en dos porque no sabía dónde estaba su princesa encantada y los mismos rayos de sol que un minuto le iluminaban, al siguiente le quemaban y le hacían llorar.

El apuesto guerrero no era feliz.

Y lo peor era que ya no sabía cómo se hacía para serlo.

Acertó a pasar un día por la gran roca donde el apuesto guerrero solía sentarse a pensar en su miseria, un hada madrina que, aburrida de tanto cuento de color de rosa, había salido a dar un pequeño paseo por alguna otra historia.

-¡Oh, un apuesto guerrero! Y ¿está llorando? -se admiró. Pero si los apuestos guerreros no lloran...

Y el hada madrina se quedó sobrevolando sobre la cabeza sin yelmo del caballero.

Silencio.

- ¿Por qué lloras?

- No soy feliz -y el apuesto guerrero levantó la vista.

- ¡Oh, vaya, pues no sé qué decirte porque la receta de la felicidad para esta historia no me la sé! Verás, sé cómo se hace para que La bella durmiente se despierte, para que Cenicienta recupere el zapatito y hasta para que Ariel recupere la voz.

- Ya.

- Pero de guerreros, la verdad, no tengo ni idea.

- Ya.

- De todos modos, si quieres, hablamos, tengo mucho tiempo hasta que sea la hora de volver a mi cuento.

Y se sentaron a hablar.

El apuesto guerrero le contó que le dolía el corazón y que quería que las páginas de su cuento pasaran deprisa, deprisa, directo hasta el final feliz. Ya no quería cruzar montañas ni ríos, ni enfrentarse al dragón. No tenía fuerzas para buscar el tesoro oculto en la cueva de las nieves, ni para superar las mil pruebas que el rey había dispuesto antes del triunfo final.

- Oh, vaya -dijo el hada madrina. Ojalá mi varita mágica te sirviera pero, ya ves, sólo sirve para las princesas. De todos modos, si quieres podemos hablar.

Y hablaron, y hablaron, y hablaron. Y mientras hablaban, al apuesto guerrero le iban pasando las cosas que venían en cada una de las páginas. Y el hada madrina siempre andaba por allí. La varita mágica, que no funcionaba en este cuento, no le servía de mucho al guerrero pero, al menos, estaba acompañado y tenía con quien compartir su tristeza.
De vez en cuando, al apuesto guerrero se le escapaba una sonrisa, parecida a las de la felicidad. Entonces el hada madrina daba un brinquito de alegría.

Y así fue durante todo el tiempo que tuvo que ser.

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