En una de estas tardes extrañas de estas Navidades, extrañas porque se me quedan como a caballo entre el ir y venir de un sitio a otro, el deshacer maletas, poner lavadoras y planificar cenas, comidas y meriendas, en una de esas tarde, mi marido y yo nos fuimos a dar un paseo.
Andando entre risas llegamos a una de nuestras tiendas favoritas, que no visitábamos desde mucho antes de nacer nuestra hija, esto es, desde que él se encerró a trabajar y yo a ser madre. Subimos y bajamos y entre las estanterías encontré un regalo para mi jefe
-¡Oh, ha dicho su jefe!
-Sí, sí, un regalo para su jefe.
y como es un buen tipo y le admiro en muchas cosas, ¡zas!, lo compré. Mi marido no me preguntó para quién era y yo tampoco se lo dije
-¡Oh, no se lo dijo!
- No, no, era un regalo para su jefe.
Sin embargo, ayer me preguntó mi esposo que si ya había regalado aquello que compré la otra tarde. Le dije que no, que aún no.
Entonces me dijo que le gustaba mucho y que si se lo podía quedar él.
-¡Oh, le preguntó!
- Sí, sí, era un regalo para su jefe.
-¡Oh, ha dicho su jefe!
-Sí, sí, un regalo para su jefe.
y como es un buen tipo y le admiro en muchas cosas, ¡zas!, lo compré. Mi marido no me preguntó para quién era y yo tampoco se lo dije
-¡Oh, no se lo dijo!
- No, no, era un regalo para su jefe.
Sin embargo, ayer me preguntó mi esposo que si ya había regalado aquello que compré la otra tarde. Le dije que no, que aún no.
Entonces me dijo que le gustaba mucho y que si se lo podía quedar él.
-¡Oh, le preguntó!
- Sí, sí, era un regalo para su jefe.

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