
Los viernes por la tarde se me pone a estas horas -las cuatro y media- una cara de imbécil de ver que no queda nadie por aquí, que no sé si reirme o llorar.
Luego, ¡manda güevos!, tenemos que aguantar que algunos nos digan que las mamás nunca queremos quedarnos hasta tarde. ¿Y usted, dónde estaba señor mío el viernes a las cuatro?
Pues eso.

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