¡A cinco y a diez, nena, a cinco y a diez!
¡Cinco euros dos pares!
¿Conoces a alguna mujer que pueda resistirse a la tentación de visitar un mercadillo? Yo, desde luego, no. Así que cuando Cayetana me comenta que el martes es el día en que ponen los puestos, me organizo con mi esposo –el único papá disponible ese día- para que se quede con todas las niñas (primas y amigas) y las lleve él a la piscina. Que yo me voy al mercadillo.
¡Caja rápida, caja rápida, yo también cobro!
Cuidado con las cámaras, señoras, que os vigilan.
Y fíjate que, a pesar de todo, no me acordaba yo del encanto, a su manera, de un sitio como este: los gritos de los vendedores, los atropellos de las señoras, las peleas por las prendas amontonadas en varias mesas improvisadas... Hasta que me saca de mi ensimismamiento el empujón de dos señoras que, ni cortas ni perezosas, se desnudan en un pis pas, así en mitad del puesto, para probarse sendos vestidos. Eso sí, mujeres precavidas llevan el bañador debajo.
Cayetana me lleva unas cuantas perchas de delantera, no en vano es la cuarta vez que viene y ella ya sabe qué está buscando. Yo, por el contrario, me tengo que obligar a recordarme a mí misma que he venido a encontrar alguna ganga y que más me vale dedicarme a eso porque el tipo que lleva el puesto empieza mosquearse de que le mire con la boca abierta
¡Vamos, vamos, mucha gente y poco dinero!
jueves, 16 de agosto de 2007
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