
La casa de mis padres está llena de pequeños trucos diseñados por mi madre con el firme propósito de aumentar la seguridad de una vivienda que, precisamente, siempre ha carecido de esta.
Al principio las puertas estaban siempre abiertas, todas: la de la casa, la de la verja, la del jardín. Y las llaves no eran necesarias. Claro está que la primera vez que se coló un tipo dentro del salón
mamáaa, hay un hombre detrás del sofá
fue mi abuelo, después de amenazarlo con el bastón, quien sugirió que quizá era conveniente cerrar la puerta de entrada, "no fuera a ser...".
Las cosas se fueron complicando progresivamente con la combinación de algunos más que entraron en la casa en diferentes oportunidades (¿por qué siempre hombres?), los tiempos más complejos que nos tocan vivir y el deterioro progresivo de los barrios circundantes.
Así pues, tras casi cuarenta años de existencia la casa se ha convertido en una especie de fortificación casera en la que te encuentras con unos mini-pestillos que cierran las persianas en los laterales (y que, religiosamente, debemos aplicar cada vez que nos marchamos, en las casi veinte ventanas que tiene el hogar); una llavecita -de la que únicamente hay una copia- con la que cerramos la puerta de la cocina que da al jardín y que todas las noches que cenamos en la terraza tenemos que pasarnos de mano en mano cada vez que entramos y salimos; unas rejas horrorosas en todas y cada una de las ventanas del piso bajo, permanentemente cerradas a no ser que quieras tomarte la molestia de aguantar un tremendo chirrido al abrirlas; y así ad infinitum.
Luego está la manía de desenchufar los electromésticos cada vez que vamos a salir, tare que, por supuesto, mi madre deja siempre para cuando ya toda la familia está dentro del coche esperándola. Pero, casi que esto lo cuento otro día.

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