Contesto a un mensaje de mi hermano, que me escribe para darme un recado, con la más sencilla de las despedidas:
un beso
Antes de enviarlo, me descubro extrañada por este beso puesto que -pienso- no es un beso retórico. Es un beso de verdad, de hermanos.
Esta reflexión me lleva directamente -¿adivinas?- a replantearme si quiero otro hijo. Bueno, más que otro hijo, lo que me ronda por la cabeza es si mi hija Lucía necesita un hermano...
Nosotros somos cuatro y nuestra casa era un campamento de verano que no tenía fin. Fíjate hasta qué punto era así que podía ocurrir que tú llegaras, no sé, a recogerme para dar una vuelta quizá, y que entonces te encontraras a mi abuela en la cocina que te ponía de merendar sin preguntarte y, ya puestos, aparecía mi padre que se sentaba al lado de tu vaso de colacao para leerte la carta que acababa de recibir de su amigo Jonathan. Justo entonces, cuando te levantabas porque yo ya había aparecido, podía entrar mi madre con las tijeras de podar y pedirte, por favor, que le echaras una mano para terminar de cortar las ramas del almendro porque mi hermano Manuel acababa de irse a jugar al baloncesto y le había dejado con la escalera en la mano.
Había en casa de mis padres una extraña organización según la cual cualquier cosa estaba permitida siempre que no molestases o hicieras daño a otros. Mis amigas estaban fascinadas y, a veces, venían sólo a sentarse en el porche a charlar con mi madre. O con mi padre. A mí, por entonces, no me parecía que esto tuviera ningún misterio. Simplemente era.
Tengo 41 años y he sufrido dos abortos.
Mejor pienso en otra cosa.
viernes, 20 de julio de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario