lunes, 30 de julio de 2007

Naranja y negro


He de confesarte, amable lector, que el chiringuito que han puesto los de Veuve Cliquot en el sitio este donde de vez en cuando hago la compra me tiene a-b-s-o-l-u-t-a-m-e-n-t-e fascinada. En realidad no sé si es por la combinación de colores, por la cantidad de chorraditas inservibles que exponen -al fin y al cabo lo importante es el propio champagne- o el hecho de que el stand esté siempre vacío. A ver, sí, es cierto, no siempre es así, no faltemos a la verdad porque alguna que otra vez aparece, como salido de la nada, un tipo de negro que recoloca las cosas en la estantería con pulcritud milimétrica; o incluso, mira tú ahora que lo pienso, le acompaña una señorita, también de luto riguroso, que se dedica a estar sentada en la especie de barra fingida que adorna el puesto.
La cuestión -y de eso es de lo que quería hablar en realidad- es que cada vez que paso por ahí me quedo hipnotizada y me retrotraigo a aquella nochevieja mágica en la que comimos langosta en la playa: Rafa puso el marisco, nosotros las risas y, cuando la olla gigante empezaba a hervir, apareció Jaime con la botella de la viuda cliquot. El flechazo fue inmediato -con ella, digo.
Creo que fue entonces cuando empezaron a gustarme las cosas buenas, los tipos simpáticos y la combinación atrevida de colores. Si no fue entonces, qué más da, queda bien como final.
Por cierto, lector intrépido, que si te preguntas que cuánto hace de esto, la respuesta es: "el mismo tiempo que hace que me enamoré en un viaje a Bruselas".

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