domingo, 22 de julio de 2007

Adivinanza doble

En casa de David suelen pasar cosas simpáticas.

A veces toman la forma de mujeres de altos tacones y escotes de vértigo que van y vienen, sin hablar, con una copa en la mano -las superestrellas, las llama mi esposo. Otras veces son los flirteos de un él que entabla una conversación insulsa con una ella ya comprometida con otro, bajo la mirada atónita de todos los invitados a la cena y la risa maligna de, por ejemplo, una servidora. Y otras, en suma, es un exquisito salmón preparado en la barbacoa.

La cena de anoche empezó con la noticia de los embarazos recientes de la anfitriona y una de las invitadas respectivamente, continuó con la llegada de una pareja con un niño de cuatro meses y se completó con la aparición de otra pareja más, en su quinto mes de gestación. Hubo intercambio de besos

smuack, smuack, ¡qué bien te veo!

y nos fuimos sentando -parecía que aleatoriamente- alrededor de la mesa. La cosa es que yo quedé justo en la frontera entre los embarazos (a la izquierda) y Pepe (a la derecha), quien luego sería el que prepararía los gin-tonic (ya empezamos...).

Por deferencia participé lo justo -tres minutos- en la conversación de mi izquierda hasta que las conjeturas sobre amniocentesis, las incertidumbres sobre náuseas y pérdidas, las miradas perdidas indagando el futuro del bebé y los detalles sobre la última visita al tocólogo consiguieron empujar dulcemente mi cuerpo hacia la derecha, hasta adentrarme en la charla informal sobre opciones de compra de una empresa, rediseño de botellas para su lanzamiento al mercado, briefing de clientes e historias sobre puros traidos de Cuba.

Éramos diez comensales: cinco mujeres y cinco hombres. Adivina dónde se sentó cada uno y en qué estaba pensando yo.

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