
Miguel trabajaba 14 horas al día, todos los días de la semana. Y volaba a algún sitio del mundo 164 días al año, lo cual le sirvió para pasar directamente a la tarjeta platino de los puntos de Iberia. Hasta que un día, un amigo le dijo
"Miguel, trabajar así es de cobardes"
Y siguió, el amigo, degustando su cerveza al borde del mar en El Puerto (el de Santamaría, como les gusta a los andaluces llamarlo).
A Miguel parece que la frase le caló hondo y a su vuelta a Madrid del sol, la playa y la luz, reunió al equipo de cinco vestales que le asistían cotidianamente en su bufete y les dijo que podían marcharse. A ellas les costó comprender que su jefe ya no las necesitaba, sobre todo porque habían jurado fidelidad y dedicación absoluta hasta el día que encontrasen marido
"Es que yo trabajo sólo con lo mejor. Y las mujeres solteras son las más inteligentes y dedicadas" -y terminó Miguel de engullir el sushi que quedaba en la bandeja.
El resto de la conversación de esa noche giró en torno a él y a cómo había tomado la gran decisión de dejarlo todo y cambiar de vida. Hubo un momento en el que yo estuve a punto de dormirme, creo que fue a los postres, víctima no sólo del sopor que me producen los hombres cuando hablan interminablemente de su ombligo sino también porque llevaba varias noches de insomnio por razones que no vienen al caso.
Sin embargo, cuando Miguel nos ofreció tomar unas copas en su casa en el barrio de moda pensé que podía ser interesante estudiar en directo el hábitat natural de este especímen del egocentrismo. Y así fue: me enseñó su colección de música clásica, todas y cada una de sus novelas favoritas y, cómo no, su colección de arte. Como mi gin tonic era muy clarito, casi un refresco, me mantuve bien despierta todo el tiempo y tomé buena nota de su experiencia con la ópera en Covent Garden, de las delicias de leer poesía los miércoles y de asistir al teatro los viernes.
A la hora de las despedidas, después de que la puerta de su casa se cerrara detrás de mí, me quedé un momento en el descansillo de las escaleras pensando en cuánta ternura me inspiraba este hombre, niño con zapatos nuevos.
"Miguel, trabajar así es de cobardes"
Y siguió, el amigo, degustando su cerveza al borde del mar en El Puerto (el de Santamaría, como les gusta a los andaluces llamarlo).
A Miguel parece que la frase le caló hondo y a su vuelta a Madrid del sol, la playa y la luz, reunió al equipo de cinco vestales que le asistían cotidianamente en su bufete y les dijo que podían marcharse. A ellas les costó comprender que su jefe ya no las necesitaba, sobre todo porque habían jurado fidelidad y dedicación absoluta hasta el día que encontrasen marido
"Es que yo trabajo sólo con lo mejor. Y las mujeres solteras son las más inteligentes y dedicadas" -y terminó Miguel de engullir el sushi que quedaba en la bandeja.
El resto de la conversación de esa noche giró en torno a él y a cómo había tomado la gran decisión de dejarlo todo y cambiar de vida. Hubo un momento en el que yo estuve a punto de dormirme, creo que fue a los postres, víctima no sólo del sopor que me producen los hombres cuando hablan interminablemente de su ombligo sino también porque llevaba varias noches de insomnio por razones que no vienen al caso.
Sin embargo, cuando Miguel nos ofreció tomar unas copas en su casa en el barrio de moda pensé que podía ser interesante estudiar en directo el hábitat natural de este especímen del egocentrismo. Y así fue: me enseñó su colección de música clásica, todas y cada una de sus novelas favoritas y, cómo no, su colección de arte. Como mi gin tonic era muy clarito, casi un refresco, me mantuve bien despierta todo el tiempo y tomé buena nota de su experiencia con la ópera en Covent Garden, de las delicias de leer poesía los miércoles y de asistir al teatro los viernes.
A la hora de las despedidas, después de que la puerta de su casa se cerrara detrás de mí, me quedé un momento en el descansillo de las escaleras pensando en cuánta ternura me inspiraba este hombre, niño con zapatos nuevos.

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