... Me repetía que si Constance hubiese deseado un amante lo hubiese elegido más viril. Pero mi abogado del diablo interior, empeñado en refutar mis argumentos, me señalaba que siempre habían existido diferencias importantes entre nosotros y que París las había agudizado, que Constance no tenía esas normas morales respecto al sexo, que siempre había mantenido que ningún esposo racional podría sentirse realmente herido por una "aventura" ocasional de su cónyuge, que la monogamia no era un estado natural excepto para los gansos de Canadá y que en un hombre la inteligencia y la compresión podían resultar más atractivas sexualmente que los músculos. Yo había dado por sentado que sus teorías eran sólo juegos intelectuales, pero ¿por qué debería estar tan seguro? ¿No era ella perfectamente capaz de tener una aventura y volver a mí, sin vergüenza alguna a retomar su matrimonio exactamente donde lo había dejado?...
La educación de Óscar Fairfax

1 comentario:
Sencillamente, me has dejado sin palabras...
Publicar un comentario