
Las preguntas que Otto me hace nunca son triviales.
Para muchas de ellas tengo la respuesta de antemano porque responden a ese guión tan magníficamente "witty, intelligent, candid, immediate" de las mejores pelis de Katharine Hepburn y Spencer Tracy (o Cary Grant, que para el caso es lo mismo). Otto dispara y yo recojo el desafío. O al revés.
Y siempre nos reímos.
Sin embargo... ¡Ay, Otto!
De vez en cuando, me lanza una pregunta inesperada que se abre paso entre las pequeñas costuras recosidas de mi disfraz de Lara Croft y ¡plonc! me quedo pegada a la pared.
Muda.
Otto quería saber hoy, si ahora que la vida profesional de mi esposo empieza a ser más dulce, mi vida personal lo será también.

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