Mi periodoncista se llama Margarita y este martes lee la tesis. Es morena y tiene las cejas bien depiladas. Las manos no le tiemblan y su voz es dulce.
Mi periodoncista estuvo trabajando con mi boca casi 45 minutos y mientras, entraban y salían otras mujeres de la habitación: la ortodoncista, la higienista y una becaria. Dos de ellas eran morenas y llevaban pendientes con una perla grande. Entraban, se asomaban a mi boca, sonreían un segundo antes de concentrarse en el trabajo de Margarita y luego, discretamente, se marchaban.
Gracias a mis sesiones de concentración de estos días hubo un momento en el que yo ya no estaba allí y sólo mis encías permanecían en la estancia. Margarita no me hablaba a mí pero su voz era tan suave que me transporté a otro lugar.
Ahora tengo la boca absolutamente inmaculada.
lunes, 19 de noviembre de 2007
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