viernes, 2 de noviembre de 2007

La boda de mi mejor amigo


Quedar con Rafa para tomar café me pone siempre de buen humor.

Superadas ya las trampas de la atracción física y emocional (y cuidado que no digo que si él me lo propusiera me lanzaba al hiperespacio de su mano, ipsofácticamente), destilados los afectos en una especie de complicidad estupenda, sé por fin que si me dice "voy" o "de acuerdo" es cierto que viene o que confirma su cita. Con lo cual, amables lectores, me siento feliz de tener su conversación inteligente durante un rato.

Y esto es así porque nos conocemos desde hace tanto tiempo que tenemos varios cientos de pequeñas historias a las que remitirnos con un guiño de un ojo o de la conversación. Por ejemplo: los tatuajes. Por ejemplo: las formas de vestir de la gente que nos rodea. Por ejemplo: las poses de este o aquel. Por ejemplo: lo que debe decirse o lo que debe ser, o lo que debemos mostrar, o lo que podemos aparentar.

No es de extrañar entonces que cuando en su boda me senté en el banco de la segunda fila, justo detrás de su familia (a la que casi no conozco) me sintiera más cerca de él de lo que nadie podía suponer.

¿Cómo dices? ¿Que aún no te he contado nada de su boda?

¡Oh, vaya!

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