
- evalúo por las mañanas qué me conviene más, si pasar un rato de juego con mi hija antes de levantarla de la cama o despertarle y obligarle a que se vista rápidamente y así ganar unos minutos más para mí.
- evalúo, en las discusiones con mi esposo, hasta qué punto vale la pena empeñarme en una postura si, al fin y al cabo, por su carácter, él siempre va a querer tener la razón. La vida es larga, me digo siempre, y en el devenir de las cosas estoy segura de que voy a encontrar una oportunidad de conseguir lo que quiero.
Esta manera de ser no es ni más ni menos que un modo de relacionarme con la gente, ni mejor ni peor, que me permite mantenerme en un equilibrio que me lleve a la felicidad.
Pues bien, a Otto le debo una explicación de por qué me enfadé tanto con él. En absoluto me falló, fui yo la que se dejó llevar por las circunstancias. Creí que me faltaba información y, en realidad, no supe verla cuando la tenía delante de mí. Yo misma me sigo preguntando aún por qué perdí los nervios. Y ahora me siento estúpida por no haber sabido estar a la altura de las circunstancias.
... pero dejémoslo ya, que esto parece una pelea de enamorados.

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