lunes, 26 de noviembre de 2007

Cuando te arrastra la corriente


Una de las cosas más ridículas del mundo es perder los nervios y enfadarse por cosas que no tienen importancia.

Todos los días, cada minuto y segundo del día, evalúo y reevalúo constantemente en qué debo poner mi interés. Dirás que es un gran esfuerzo estar siempre pendiente de qué es importante y qué no, pero para mí es simplemente una manera de estar y equilibrar las fuerzas que pretenden arrastrar mi vida.

Por ejemplo:
  • evalúo por las mañanas qué me conviene más, si pasar un rato de juego con mi hija antes de levantarla de la cama o despertarle y obligarle a que se vista rápidamente y así ganar unos minutos más para mí.

  • evalúo, en las discusiones con mi esposo, hasta qué punto vale la pena empeñarme en una postura si, al fin y al cabo, por su carácter, él siempre va a querer tener la razón. La vida es larga, me digo siempre, y en el devenir de las cosas estoy segura de que voy a encontrar una oportunidad de conseguir lo que quiero.

Esta manera de ser no es ni más ni menos que un modo de relacionarme con la gente, ni mejor ni peor, que me permite mantenerme en un equilibrio que me lleve a la felicidad.

Pues bien, a Otto le debo una explicación de por qué me enfadé tanto con él. En absoluto me falló, fui yo la que se dejó llevar por las circunstancias. Creí que me faltaba información y, en realidad, no supe verla cuando la tenía delante de mí. Yo misma me sigo preguntando aún por qué perdí los nervios. Y ahora me siento estúpida por no haber sabido estar a la altura de las circunstancias.

... pero dejémoslo ya, que esto parece una pelea de enamorados.

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