Son las tres de la mañana y, de nuevo, no puedo dormir. Antes, el estar despierta a estas horas me producía una especie de ansiedad pero, desde que soy madre, sé que la noche está tan llena de cosas que estar aquí y ahora escribiendo no es más que otro modo de compartir el universo con otra gente que, por elección, obligación o destino, se encuentran con los ojos abiertos en la madrugada.
Ahora mismo hay niños llorando y mamás en camisón preparando biberones, parejas que hacen el amor como si fuera la primera vez, solitarios que miran las estrellas, barrenderos, basureros y enfermeras, mujeres en vela cuidando de sus ancianos, hombres de negocios sesudos desentrañando los misterios del día siguiente, nerviosos estudiantes, novias que se casan el viernes, hijos desconsolados por la pérdida de su padre, panaderos que casi empiezan su jornada y chavales que ponen copas terminando de cerrar el local, locos de secondlife buscando un amigo, ingenieros terminando sus puentes, pintores buscando un color, mi madre leyendo un libro (mamá ¿es que no te vas a dormir).
Y yo.
lunes, 26 de noviembre de 2007
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