
Ayer mi hija consiguió sacarme de quicio, o de mis casillas, o de donde sea que los niños de cuatro años y medio pueden sacar a una madre, desesperada, a las ocho de la tarde. Desde luego, de donde sí consiguió sacarme fue de casa, como un rayo, con ella en brazos chillando, en dirección al parque.
Yo no iba en bata y rulos porque no uso ninguna de las dos cosas pero, vamos, que lo mismo habría salido a la calle como salí si los hubiera llevado puestos. ¡Menudo cabreo tenía yo!
Sigue la historia: llegué tan feliz -aunque cansada- a casa a las seis y le dije a mi hija que nos íbamos al parque. A mi propuesta ella contestó que no quería porque estaba viendo una peli. Yo, desde luego, no insistí porque ¡maldita las ganas que yo tenía de pasar frío en los columpios con la urgencia que tenía por cambiarme el traje por mis vaqueros preferidos y sentarme a leer un rato!
Así fue y así se hizo, hasta que una hora y media después, cuando se acercaba la hora del baño mi hija se acordó
mamá, que no he ido al parque
Os ahorro detalles, amados míos. Os sea suficiente con saber que sus berridos duraron 45 minutos, durante los cuales yo puse en práctica -una detrás de otra- todas las técnicas de educación infantil que conozco y suelo practicar: diálogo, paciencia, ignorar conductas no deseadas... Hasta que, erre que erre, mi hija consiguió que tuviera ganas de tirarme por la ventana, en lugar de lo cual, la cogí del brazo y le dije
por las barbas de Neptuno que te llevo al parque y te dejo allí para que te enteres
¡Y hay que ver si lo hice! Lo primero, no lo segundo porque, como es natural, de camino al parque mi furia se fue aplacando mientras mi sensación de ridículo se acrecentaba: o sea, te lo juro por arturo, que una mocosa de cuatro años puede con su madre de cuarenta y uno. Vamos a ver, señora mía, que no sabe usted que educar no es precisamente esto.
Ah, pero qué gran consuelo esta mañana cuando se lo cuento a Marta y me dice que ella, una vez, tiró por la ventana los peluches de sus hijas.
Sonríe, amable lector

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