Mira, yo no sé qué extrañas leyes de la naturaleza rigen mis mañanas que, haga lo que haga, siempre soy la última en salir de casa. Cada día la trampa es diferente y hoy, amados míos, ha venido a tomar la forma de los botones del baby de mi hija: ni uno, ni uno quedaba puesto, esto es, todos arrancados de cuajo del dichoso baby -que me costó 39 euros- y me doy cuenta justo cuando ya tengo la puerta de casa en una mano y en la otra mi bolso, mi abrigo, el abrigo de mi hija, el maletín con el portátil, la taza para el cole de mi hija, su merienda, las llaves del coche, mi móvil y la madre que los parió a todos.¡Coño!
Me había levantado con tiempo suficiente -pensaba yo- para arreglarme más o menos decentemente, desayunar, despertar a la peque con suficiente cariño como para que no cogiera una pataleta de lunes, ayudarla a vestirse, prepararle el colacao... en fin, esas dulces cosas de la maternidad. Todo controlado, ya me conoces.
Pues no, justo en el momento de salir, los botones. Ea, pues nada, a coserlos uno a uno, con paciencia (y con mi hija encima queriendo quitarme la aguja) y mi esposo preguntándome que cómo es que no me había dado cuenta antes.
¡OOOOOOmmmmm, control mental!
Ea, listo, vámonos. Pero vaya ¿qué es este hilo que cuelga del baby? ¡Cielos, el dobladillo también está roto!
.... llego tarde, llego tarde, llego tarde....
Y claro, he llegado tarde a todo. ¡Dichosa mañanita de lunes!

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